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Fernando Remedio Leria Pastor

El intenso fogonazo y el sordo rugido que surgieron al abrir la metálica tapa del hogar cegó por un momento a los dos hombres que instintivamente se movieron levemente hacia atrás. Uno de ellos, armado con una larga y delgada vara de hierro terminada en forma de gancho por uno de sus extremos, introdujo esta en la recién abierta boca de fuego que parecía la del mismísimo infierno. Hurgó destrezamente con el gancho la base del fuego y este se revolvió quejosamente como brillante fiera a quien le hurgan las entrañas a través de una herida abierta. El otro hombre aguardaba un poco más atrás la señal impercentible de su compañero para echar de comer al fuego una generosa palada de negro carbón que sostenía en ese momento con sus fuertes brazos.

Fogón

El primero, al que al contraluz se le podía ver el vapor de sudor que manaba de toda su silueta, sacó la vara con el gancho al rojo vivo y, mientras se agachaba para dejarla en el metálico suelo y armarse con otra pala, el segundo ya arrojaba con fuerza su carga de carbón a través de la humeante boca tratando de penetrar lo máximo posible en aquella profunda garganta del averno. Según se giraba sobre sí mismo para coger otra palada de carbón del depósito que tenían tras ellos, su compañero ya estaba haciendo lo mismo que él hacía un instante y, así, alternativamente y en perfecta sincronización, ambos repitieron la misma operación unas cuantas veces.
Después, el primer hombre volvió a manipular con destreza la vara de hierro, distribuyendo uniformemente la nueva capa de carbón recién paleado que cubría la anterior incandescencia en la parrilla de tan enorme caja de fuego que necesitaba la fuerza de dos hombres para saciarla.
Terminada la operación, sacó la vara, nuevamente al rojo vivo en el extremo ganchudo, dijo un parco –¡listo! Su compañero cerró la boca del fogón que con un chasquido metálico provocó la sensación de haber quedado todo en la más completa negrura. De pronto, todo lo que estaba vivo en un radio de doscientos metros se estremeció un instante con el súbito silbido de la locomotora. Un imponente chorro de blanco vapor que contrastaba con la dominante negrura de la mole de acero y las primeras luces del alba surgió hacia el cielo anunciando la iminente partida del pesado tren carbonero. La mano experta del maquinista movió con suavidad, pero con firmeza, la palanca del regulador de vapor y éste surgió de debajo de los corpulentos cilindros, blanco, espeso, acentuado por los rigores del frío amanecer de las montañas leonesas.   

Locomotora

Las ruedas del coloso comenzaron a moverse lentamente, con la pereza indolente de los gigantes. El vapor salía acompasado a su giro, con un ruido profundo y hueco, como si de una infernal respiración se tratase. De repente, las ruedas se desbocaron y patinaron un instante sobre el camino de hierro, pero la mano experta sujetó y volvió a dosificar, suave, la bravura de cinco mil caballos. Cuando el pesado tren de tolvas ya se desplazaba con soltura, el maquinista cerró los purgadores, cesó así el chorreo intermitente de vapor y su característico silbido y, casi con pereza, la locomotora se alejaba en la oscuridad arrastrando consigo un incesance rosario de enormes tolvas metálicas cargadas de mineral. Hipnotizantes a su paso, una tras otra. Cada una tenía sus quejidos propios y con sus chirridos metálicos parecían querer anunciar desmayo iminente, desintegración bajo su tremendo peso. Finalmente, después de una corta eternidad, solo quedaron un implacable "clanc" "clanc" y una luz roja alejándose en la negra atmósfera.

Continuará [12/03/2015]

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